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La Coctelera

13 Octubre 2009

Warlock, Oakley Hall

Existe en ese limbo de pasajes comunes y comentarios prefabricados en el que se mueve siempre la crítica literaria (cualquier tipo de crítica, sin duda) una afirmación que no por manida y estereotipada deja de tener influencia en las mentes más inquietas, y es que la literatura de género es una literatura menor.

Warlock sola bastaría para desarmar esa afirmación, y es que no hay país más acostumbrado que el nuestro a que las novelas del Oeste, o las películas del Oeste, se vendan como pulp barato en los quioscos o se utilicen como jokers sin valor en la baraja de la parrilla de programación. La novela de Oakley Hall no es solamente un hito en el camino de las novelas del Oeste, género que por razones históricas tiene mejor acogida en EE UU, sino que estamos ante un hito de la literatura del s. XX. Lo que Oakley Hall hace con Warlock es un ejercicio de maestría narrativa absoluta, una novela muy lograda en la que cada ingrediente y cada condimento ha sido puesto ahí con habilidad y con una precisión de relojero suizo.

Warlock es el nombre de un poblado ficticio del Oeste, que vive gracias a las minas de oro que hay en sus alrededores, y que está amedrentado por una banda de cuatreros que se dedica a imponer su ley ante el vacío legal en el que se encuentra la ciudad. Los hombres respetables, burgueses como banqueros, tenderos, propietarios, se reúnen en un Comité de Ciudadanos que es todo el gobierno que una ciudad creada de la nada puede permitirse. Ante las tropelías de los vaqueros del cercano rancho de San Pablo, el Comité de Ciudadanos se hace con los servicios de un pistolero, Clay Blaisedell, célebre por sus hazañas en otros pueblos, y al que un escritor del Oeste regaló unas pistolas con las culatas de oro que son su particular Excalibur.

Hasta aquí, todo predecible, nada nuevo. Pero Oakley Hall le ha dado la vuelta a todos los estereotipos sin que nos demos cuenta al principio, y así, el honrado Clay Blaisedell no es tan defensor de la ley como podría parecer, sino un pistolero eficaz pero arrogante acostumbrado a imponer su visión de las cosas. Los vaqueros, protagonistas de tantas y tantas historias del género, son los indeseables que con su barbarie asolan el pueblo, y los adversarios típicos de cualquier otra historia del Oeste que se precie, los indios, son aquí un elemento elidido que nunca hizo daño a nadie y que ha sido perseguido sin piedad por la Caballería, que por cierto aparece en el último momento, como siempre, también en Warlock, aunque para estropear aún más las cosas en lugar de para salvarlas como solían hacer.

Los personajes de Hall son de una profundidad insólita en este tipo de aventuras, y los héroes se van forjando ante nuestros ojos, pero bañados en un mar de dudas y de temores. Los villanos mueren, pero no de la forma heroica en la que uno podría sentir la catarsis típica de este tipo de historias, y las únicas mujeres que valen la pena se desprecian a sí mismas por el tipo de vida que les ha tocado llevar. Los más sabios están atrapados en el alcoholismo y la tragedia, y los más inútiles son elevados al cargo de General o Sheriff del Condado, y así sucesivamente en un sesgo de vida que de tan real, resulta estremecedor.

Hablar de Warlock y no hablar de la serie Deadwood es como hablar de John Campbell y no hacerlo de Star Wars, de tanto que le deben la ficción audiovisual a la palabra escrita en ambos casos. Así, encontramos muchas similitudes entre lo que nos cuenta Oakley Hall y lo que nos contaba la serie de la HBO, y el pistolero-sheriff se enamora de la señora adinerada del pueblo, como ocurre entre Blaisedell y la señorita Jessie, como ocurría con Bullock y la señora Garret; o el jugador que normalmente era el personaje simpático y pícaro a la Maverick, es aquí el indeseable sinvergüenza que se mancha de sangre sin dudarlo. Si algo tienen en común ambas ficciones es el afán por desmitificar y quitarle lustre a una épica, la del Far West, a la que hace mucho que se le limpió el barro y la sangre, pero en la que a poco que se escarbe, nunca tardan en reaparecer.

-Ése es el destino del género humano [...]-Alzó la botella y la agitó- Y soportarlo es horrible. Pero aquí tengo el disolvente universal. Porque el vino tiene el color de la sangre, y la textura de las lágrimas, y te lo puedes beber para calentarte el estómago y mearlo después para eliminarlo.

-Eso no es vino -observó Jameson- sino whisky del malo, señor Juez.

-Sí, aprende de las experiencias de la vida -dijo el juez-. Y cuando lo hayas aprendido todo, verás cómo torturan a tu mujer y a tus hijos con atizadores al rojo vivo, y te reirás al verlo. Porque para entonces sabrás que las personas no importan nada. Los hombres son como el maíz, el Sol los quema, el invierno los congela y la Caballería los pisotea, pero a pesar de todo, continúan creciendo. Y nada de eso importa mientras haya whisky.

-Y eso es precisamente lo que quiero advertirle. Su orgullo lo conducirá algún día a enfrentarse en duelo a muerte con un hombre que tenga más razón que usted, y usted lo sepa. Y comprenda que está equivocado. ¿Qué hará entonces? Ésa es la pregunta, Clay Blaisedell, ¿qué hará entonces?

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