El Buen Soldado Švejk, Jaroslav Hašek
Pocos libros se parecen a "El Buen Soldado Švejk", considerado hoy en día el Quijote checo. Lo que Jaroslav Hašek escribió en los años 20 es una obra magna, densa, profunda y muy versátil, pero sobre todo destaca por la creación de un icono de la literatura, Švejk, el torpe y despistado soldado que debería figurar en todos los panteones dedicados a la grandeza de la estupidez humana. Švejk es un soldado checo que se ve inmerso sin saber muy bien cómo en la Primera Guerra Mundial, que con sus comentarios irrita y exaspera a sus superiores, pero sin perder la capacidad de salvarse in extremis de cualquier castigo, por mucho que se lo merezca. Es inevitable sentir una pizca de ternura y de compasión, como le acaba ocurriendo al Teniente Lukáš, por un personaje capaz de mentir, robar y engañar con tanta inocencia como un niño atrapado en el cuerpo de un adulto.
La novela adolece de un ritmo repetitivo y machacón (y eso que faltan dos de los seis volúmenes que el autor proyectaba), en el que nunca parece suceder nada (300 páginas enteras están dedicadas simplemente al viaje en tren de los soldados que van al frente), y a ratos parece que con haber leído el primer volumen uno habría tenido bastante sin tener que enfrentarse a más de lo mismo, pero se sostiene gracias a la gran comicidad de todos los conflictos que surgen entre Švejk y su pelotón plagado de soldados que son monumentos a la estulticia, y el cuerpo de oficiales austrohúngaros, de poblados mostachos y férrea disciplina. Hašek se burla de la guerra, del ejército, de su propio país en una obra incendiaria que se ha convertido en un reclamo para la República Checa, con estatuas y placas conmemorativas repartidas por las tabernas de Praga en las que Švejk solía hacer de las suyas.

A destacar los innumerables discursos de Švejk, quien siempre tiene un ejemplo para cada situación, quien siempre encuentra una excusa para sus deslices, aunque queda la duda de si lo que el soldado tiene terriblemente fértil es la memoria o la capacidad de invención. Gracias a esas historias, se irá salvando de las acusaciones de desertor, de espía de los rusos o de un simple ladrón de comida, convirtiéndose a la vez en el soldado más fiel y deseoso de servir a su patria, y el que acumula más razones para ser condenado a un consejo de guerra. En estas microhistorias dentro de la novela es donde Hašek se luce, se desmelena atacando a cualquier institución sin piedad, escudado en la ingenuidad de su personaje, y logrando la maravillosa paradoja de que de una cabeza tan estúpida, salgan perlas de la más pura sabiduría.


