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La Coctelera

7 Octubre 2009

El Señor de las Moscas, William Golding

Absolutamente descorazonadora pero con un ritmo hipnótico, El Señor de las Moscas es un revelador relato sobre la condición humana. Un grupo de muchachos (entre los que no hay ninguna niña, por lo que sus ideas sobre la naturaleza de la Humanidad quedan reducidas al menos a la parte masculina) sufren un accidente de avión en una isla desierta y no sobrevive ningún adulto, por lo que ellos mismos tienen que organizarse para ser rescatados. La novela no explica cómo se han quedado solos los niños salvo por un par de apuntes escasos, que se refieren a que el avión en que viajaban ha sido atacado (¿los rusos?) y tiene que realizar una maniobra de emergencia en la isla. Pero eso no es lo importante, no es más que una excusa, un McGuffin como diría Hitchcock para ponernos en situación y presentarnos el conflicto.

El único niño que guarda algo de sensatez, Piggy, resulta ser el más débil: torpe, gordo, asmático... Sólo Ralph, uno de los más cercanos a la pubertad en edad, le escucha de cuando en cuando, y le convierte en su consejero cuando él se haga valer por su carisma para ser elegido líder de los niños abandonados. Pero no consigue evitar los celos de Jack, acostumbrado a ser líder también en la vida "civilizada" (era el jefe de los niños del coro antes del accidente), en lo que será el germen de una posterior rebelión y giro a la barbarie.

Golding establece y analiza paso a paso las relaciones intragrupales y los roces que surgen. Cada niño representaría a un estado del hombre: civilización versus barbarie, con Ralph y Piggy a un lado y Roger y Jack al otro. Mientras que unos proponen encender una hoguera para alertar de su presencia a los barcos que puedan pasar junto a la isla, otros prefieren dedicarse a la caza indiscriminada. Es también importante el personaje de Simon, el marginado del grupo que es además uno de los pocos en preservar su inocencia y una visión mística que le diferencia de todos los demás, aunque a un coste terrible.

Pronto, sensatez y razón ceden ante los instintos más animales, en una huida hacia delante de la que parece no haber salida. Resultan muy poderosos los símbolos, modestos pero con un significado profundo, que se establecen en la convivencia de los niños: la caracola, que simboliza el liderazgo y que los niños se pasan unos a otros en sus asambleas para establecer quién tiene la palabra; las gafas de Piggy, el único instrumento que los niños saben utilizar para prender fuego; y las cabezas de jabalí clavadas en estacas, estandarte de un diabólico Señor de las Moscas que acecha desde tiempos pretéritos en el alma del hombre.

Aunque leyéndolo se intuye el final, uno no puede dejar de avanzar por la historia albergando una mínima esperanza de que todo salga bien, como en las grandes tragedias. Y lo peor de todo es que, para cuando tus primeras esperanzas se cumplen, el final no puede ser más demoledor.

Cincuenta y cinco años desde que salió, la novela de William Golding ya es un clásico por derecho propio.

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