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La Coctelera

30 Agosto 2009

Le Comte de Monte-Cristo, Alexandre Dumas

¿Qué ocurre cuando de repente, te arrancan de las manos una carrera prometedora, te alejan de tu prometida, de tu padre moribundo, y por un capricho del Destino y las conspiraciones de tus supuestos amigos acabas confinado de por vida en una celda olvidada? Hasta Edmond Dantès acaba perdiendo toda esperanza y pensando en el suicidio. Pero otro giro de los acontecimientos le lleva a conocer al abate Faria, quien comparte con él el secreto de un tesoro incalculable (aunque dicen por ahí que de cerca de 1400 millones de dólares actuales) y la manera de escapar de prisión.

Arranca así un relato clásico de venganza, en el que el amigo ultrajado y al que le han arrebatado su vida regresa obsesionado con vengarse de sus enemigos, que años después han triunfado y copan la alta sociedad parisina. Entrenándose en cuerpo y mente durante años, convertido ahora en el Conde de Monte-Cristo, primero fascinará y luego entretejerá en sus redes a aquellos que un día le causaron la mayor de las desgracias.

Cuentan que Dumas viajó a la isla de Monte-Cristo con el futuro Napoleón III, pretendiendo organizar una caza de cabras como la que se ve en la novela, pero que la amenaza de pasar cinco días en la cuarentena que se aplicaba a quienes por entonces visitaban esa isla les disuadió y se contentaron con rodearla en barco. No obstante, el sólo nombre le gustó tanto a Dumas que decidió usarlo en uno de sus títulos.

En un principio, la novela se iba a limitar a recoger sus experiencias de viaje (la parte que ahora ocupa el relato de Morcerf y Épinay en Roma, y probablemente la más floja del conjunto), pero sus editores reclamaron una ficción que tuviera como telón de fondo París. Dumas recoge entonces el relato de un crimen célebre y el de una venganza similar que ocurrió a principios del s. XIX y comienza a tejer una trama que pasará a la Historia. Pero la verdadera génesis de la obra está en la colaboración de Auguste Maquet, habitual de Dumas, quien apuntó que se estaban olvidando de la mejor parte de la historia (los amoríos de Dantès con Mércédès y su confinamiento en la prisión del Castillo de If).

La novela avanza pausada, recreándose en los escenarios y en los personajes, en sus vidas privadas y en sus roles sociales. Recordemos que a Dumas le pagaban por líneas, así que su método de trabajo consistía en tomar lo que Maquet escribía y en lugar de pulirlo, alargarlo. Por muy rastrero que nos pueda parecer hoy día el método de escritura con "negros", no hay que olvidar que en el caso de Dumas él siempre reconoció la deuda que tenía con Maquet, y que no se limitaba a dar pinceladas ocasionales a un texto ya hecho, sino que también pasaba jornadas interminables a la pluma y se encargaba de darle ese "toque mágico" que tanto editores como colaboradores reconocían en él. Sin embargo, el nombre de Maquet se omite de la autoría de los libros porque él mismo aceptó en su momento un contrato para que así fuera, a cambio de unas sumas importantes de dinero que le aseguraron morir como un millonario, mientras que Dumas acabó arruinado y vendiendo sus posesiones.

El lector asiste a la elaborada trama que Monte-Cristo ha fabulado, completamente convencido de que actúa bajo designios de Dios, y considerando que su venganza es justa. No faltan duelos, bandoleros, crímenes ocultos y valses, y hasta hay lugar para una buena degustación de hachís en el salón de Monte-Cristo que parece a ratos el Templo de Eleusis.

El Conde de Monte-Cristo es folletín, es pastiche, pero encierra pasajes memorables y giros narrativos capaces de clavarte en el sillón. Y una moralina previsible, pero bien ajustada en la lógica interna de la novela. Enfrentarse a sus 1400 páginas puede disuadir al más paciente, pero seguro que al final encontrará un relato gratificante y apasionante.

"-Conde, sois la síntesis de todos los conocimientos humanos, y me parece que descendéis de un mundo más avanzado y más sabio que el nuestro -. -Algo hay de verdad en eso, Morrel -respondió el conde con esa sonrisa melancólica que le hacía tan atractivo-, desciendo de un planeta que llaman dolor."

"-Soy aquel al que vendisteis, entregasteis, deshonrasteis, soy aquel al que prostituisteis la novia; soy aquel al que pisoteasteis para hacer fortuna; soy aquel a cuyo padre dejasteis morir de hambre, que os había condenado a morir de hambre y que sin embargo os perdona, porque él mismo necesita ser perdonado: ¡soy Edmundo Dantès!"

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