Últimas Palabras Famosas
Recopilar las últimas palabras que se han vuelto célebres con el paso del tiempo es recopilar a la vez muestras de sabiduría, de espiritualidad, de filosofía, pero también de frases mundanas, poco acertadas o directamente absurdas. En los momentos postreros, en el lecho de muerte, el ser humano es también capaz, como durante su existencia, de mostrarnos lo mejor y lo peor de sí mismo.
Las hay enormemente célebres y conocidas por todos. Hoy en día, nadie duda de que las últimas palabras de Julio César fueran “Et tu, Brute?”, y a muchos les suena que Nerón declamó “¡Qué gran artista se pierde conmigo!”. La Historia se ha encargado de preservarlas. Pero el mayor peligro que existe es, sin duda, el de que las perlas que nos han sido transmitidas de generación en generación hayan sido alteradas y sobreviva la leyenda por encima de la realidad. De Goethe se dice que sus últimas palabras fueron “¡Más luz!”, dos palabras llenas de una espiritualidad sobrecogedora. Pero hay quien también asegura que antes dijo palabras todavía más llenas de religiosidad como “Abre la otra persiana para que entre... más luz.”
Cuando a un Alejandro Magno agonizante le preguntaron que a quién le legaba su Imperio, respondió que “Al más fuerte”. Bellas palabras en boca del mayor estratega de la Antigüedad, que tiñen de lirismo su muerte, de no ser porque, en griego, Krat’eroi, “Al más fuerte”, suena casi igual que Krater’oi, “a Crátero”, uno de los generales predilectos del Emperador macedonio y que, casualmente, no estaba presente cuando el resto de generales escucharon las últimas palabras de Alejandro y entendieron la otra frase (sin malicia ninguna, se supone).
Y es que ni los Evangelios se ponen de acuerdo. Las últimas palabras de Jesús Nazaret pueden haber sido “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo, 27. 46), “Todo está cumplido." o "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Juan, 19. 30) o (Lucas, 23. 46).
Lo que sí está claro es que en el umbral de la muerte, nadie sabe cómo va a reaccionar. Están aquellos que saben guardar la compostura y las buenas maneras, como María Antonieta, que le dedicó un cortés “Pardon, monsieur” a su verdugo cuando le pisó un pie accidentalmente en su camino a la guillotina; o Madame de Pompadour, que le pidió a Dios “Espere un segundo” y se echó polvos en las mejillas para estar presentable justo antes de morir. Al Almirante Nelson, mientras agonizaba en la cubierta del Victoria en Trafalgar, se le escuchó decir “Kiss me, Hardy!” en un acceso de cariño con uno de sus oficiales que ojalá todo el mundo tuviera cuando exhalamos el último suspiro.
Pero hay otros que no tienen ese savoir faire y pierden los papeles. Karl Marx, sin ir más lejos, cuando le preguntaron si quería dedicar unas últimas palabras al mundo, despachó a quienes le interrogaban con un “¡Fuera de aquí! ¡Las últimas palabras son para los necios que no han sabido decir lo suficiente!”. Lope de Vega no dejó el plano terrenal sin recordarle a todo el mundo que “Dante me hace enfermar”, un insulto gratuito que no debía de estar muy bien visto en el oratorio donde ejercía el sacerdocio.
No hay por qué seguir siendo simpático con la gente cuando te vas a morir. George Kelly, dramaturgo galardonado con el Pullitzer y tío de la famosa actriz Grace Kelly, le dijo a una linda sobrinita que se había acercado a besarle en su lecho de muerte “Cariño, antes de que me digas adiós, arréglate el pelo. Lo tienes hecho un desastre.” Ramón María Narváez, militar y político decimonónico, tampoco debió de ser muy simpático en vida, como se puede extraer de su “No tengo por qué perdonar a mis enemigos. Los he hecho fusilar a todos.”
Las últimas palabras reflejan muchas veces lo que hemos sido en esta vida antes de irnos a la otra. P. T. Barnum, empresario circense de principios del siglo XX que regentaba en EE. UU. el conocido como “El Espectáculo Más Grande Sobre La Tierra”, preguntó a los que le asistían en sus últimos momentos “¿Cómo ha ido la recaudación de Madison Square Gardens”. Conrad N. Hilton, fundador de uno de los imperios hoteleros más famosos, cuando le pidieron un buen consejo para la vida antes de que la abandonara, dijo “Meted las cortinas de la ducha por dentro de la bañera”, consejo que suponemos, en vista de cómo le va, que su descendiente Paris sigue al pie de la letra.
Es una pena que algunos poetas no hayan recordado su profesión para dedicarnos unos versos póstumos. Walt Whitman, después de legarle al mundo su magistral Hojas de Hierba, sólo pudo decir “¡Mierda!”. Y Dylan Thomas, demostró que además de la poesía tenía otros intereses más terrenales cuando dejó como última la frase “Me acabo de tomar 18 whiskys seguidos. Creo que es un récord.”
El matemático Leonard Euler, del siglo XVIII, el más prolífico de la Historia, demostró que seguía siendo un genio cuando, analizando su estado en sus últimos instantes de vida, afirmó “Me muero.” No así el Archiduque Francisco Fernando, al que se le oyó decir justo después del atentado que le costó la vida “No es nada, no es nada.” Estados Unidos ha regalado a la Historia dos estrategas que demostraron serlo hasta la muerte. La última frase de William “Buckey” O’Neill, en la Guerra de Cuba, fue “Sargento, no se ha fabricado todavía la bala española capaz de matarme.” Y la del General Unionista John Sedgwick fue “Tranquilos, no serían capaces de acertarle ni a un elefante a esta dist...”. Sin duda toda una lección para los soldados que le encomiaban a agacharse.
Y es que quizás lo más sabio sea que, cuando nos toque emprender el último viaje, aceptemos con humildad nuestras propias limitaciones, como hizo Pancho Villa después del atentado que le costaría la vida, y que pidió a los periodistas que le seguían en su agonía “No dejen que acabe así. Cuéntenle al mundo que he dicho algo.”


