Gulliver Foyle no es un héroe cualquiera. Es un simple técnico de naves del siglo XXV, un tipo vulgar, el epítome del hombre medio. Y sin embargo, Foyle se convertirá en una de las máquinas de matar más letales de todo el Sistema Solar, desarrollará su cerebro hasta límites insospechados y se confundirá con la élite del Planeta Tierra, todo de la noche a la mañana. La culpa la tiene la nave Vorga, la que un buen día le abandonó a su suerte cuando Foyle era un náufrago espacial y estaba al borde de la muerte. La sed de venganza es la que desde entonces empujará a Foyle a perseguir a quienes un día le abandonaron, a descubrir a los culpables y castigarlos por ello.

La amoralidad de Foyle no es única en su tiempo. Bester describe un mundo muy distinto al nuestro, inmerso en una Guerra Solar entre los Satélites y Planetas, donde la tecnología implantada en humanos está a la orden del día y en donde se ha conquistado una nueva frontera de la mente humana: el teletransporte. Los seres humanos son adiestrados desde niños para desarrollar una facultad oculta en sus cerebros, a la que se llama jaunteo, que les permite trasladarse gracias al pensamiento a aquellos sitios donde ya han estado. No hace falta decir que la revolución que eso provoca es de alcances titánicos: el jaunteo cambia por completo la esencia de la sociedad, el amor, las relaciones personales, las guerras, los crímenes... Y Gully Foyle entre todos esos mundos nuevos, dispuesto a conseguir su venganza, y repitiéndose como un tantra su lema personal:

Gully Foyle es mi nombre
Y la Tierra mi nación.
El espacio profundo mi hogar,
Y las estrellas mi destino.