La Carretera nos muestra un mundo crepuscular, desolado, reducido a un mar de cenizas sin que nunca sepamos muy bien el cómo. ¿Qué fue lo que pasó? "Buena pregunta" responde un personaje en el libro, y parece que es todo lo que McCarthy va a decirnos sobre el cataclismo ¿nuclear? que parece que ha destruido la Tierra.

Pero lo importante no es eso. Lo importante son un padre y su hijo, los dos caminando por una carretera, empujando un carrito de supermercado en el que llevan todas las cosas que pueden ayudarlos a sobrevivir. Mantas, latas de conserva, mapas roídos y un mechero para dominar el fuego, el bendito fuego que más de una vez les salvará la vida. Y una pistola, con una única bala, que su padre le da al hijo cada vez que se separan, con instrucciones muy precisas...

La relación entre padre e hijo es lo que mueve la novela y lo que anima al lector a leer casi sin darse cuenta. El padre no quiere dejar que muera la esperanza en su hijo, aunque ni él mismo tiene muy claro de qué sirve que se dirijan al sur un día tras otro. "¿Qué es lo más valiente que has hecho en tu vida? Levantarme esta mañana." En una situación límite, luchando contra el hambre, contra el invierno, contra los "hombres malos" que el padre dibuja en la mente del niño, surgen conversaciones entre ambos de una profundidad abrumadora. Las referencias a Dios son numerosas. Y los comentarios con desdén nihilista también.

Cormac McCarthy le ha dedicado el libro a su hijo de ocho años. Al resto de lectores nos ha regalado una novela de belleza cinérea, intensa y subyugante.