"Tienes razón, habría sido bonito y perfecto que esto fuera simplemente una historia de buenos y malos, y que la chica y el chico mataran a la malvada serpiente y salvaran el mundo y después fueran felices para siempre […] Y no te imaginas la de veces que he deseado que las cosas fueran así. Pero no lo son, y no lo han sido nunca”.
La anterior cita, extraída de un diálogo entre Victoria y Alsan que aparece en Panteón, es toda una declaración de principios que Laura Gallego ha hecho constar en su novela. Porque Panteón, como toda la Trilogía de Idhún, es un acto de rebeldía frente a las convenciones establecidas en la Fantasía; casi mil páginas de prototipos rotos, de prejuicios literarios derrotados. Panteón podría haber sido simplemente una historia más, con sus caballeros, sus dragones y sus magos enfrentándose a los nigromantes y las serpientes aladas malvadas. Pero las cosas son más complicadas que eso, y Panteón no es así y no lo ha sido nunca.
El principal problema de Panteón es, sin duda, su extensión. Al final de Tríada, las distintas tramas se habían disparado en todas direcciones. Panteón es una mezcla entre la primera entrega, La Resistencia, y la segunda, Tríada, en el sentido de que la acción se divide entre la Tierra y el mundo fantástico de Idhún. Kirtash y Victoria visitan de nuevo nuestro mundo, en unos capítulos que nos evocan sus primeras andanzas junto a la Resistencia en el refugio de Limbhad. Pero a la vez, en Idhún, la derrota de Ashran el Nigromante no ha hecho sino complicar las cosas, y con el Séptimo Dios reencarnado en uno de los personajes más odiosos de la saga, la feérica Gerde, y los otros Seis Dioses personificándose en el plano material para presentarle batalla, las cosas no pintan bien para Jack, Shail o Alsan.
Libres de la Profecía que en las dos novelas anteriores les ataba, los tres personajes centrales se encontrarán con demasiados dilemas que deben resolver solos. La relación que mantienen, el original ménage à trois que no se suele ver en la Fantasía convencional, crece y se desarrolla a medida que los propios personajes maduran. Pero a la vez, esto les enfrenta contra el resto de habitantes de Idhún, incapaces de comprender que enemigos ancestrales se respeten por el amor a Victoria, o que el último unicornio vivo se niegue a entregar la magia por doquier y les siga el juego a los Archimagos. El príncipe Alsan se mostrará como uno de los personajes más irritables en este sentido. Destinado en la primera novela a ser el héroe clásico, el caballero noble y leal, es en esta última un villano inflexible, alguien incapaz de distinguir el gris y limitado a ver sólo blanco y negro. La lucha de Laura Gallego contra los tópicos del género es un arma de doble filo, pues cuando nos presenta personajes planos y cortos de miras, éstos resultan aún más irritantes para el lector, que se ha acostumbrado rápido a que le sorprendan.
Mientras, el paso de los Seis Dioses –identificados cada uno con un elemento primordial, a saber, fuego, aire, vida…– siembra la destrucción en todo Idhún. Las manifestaciones de cada uno de ellos provoca un cataclismo relacionado con el elemento al que personifican: el dios del fuego es una bola de fuego abrasadora que lo quema todo a su paso, el dios del viento provoca ciclones y tornados y la diosa de la vida hace que todo crezca sin límite en uno de los efectos divinos más imaginativos de los que Laura Gallego emplea.
Pero Panteón cuenta con un problema importante, y es que, sumida en sus ejercicios de teología provocativa y desarrollo mental de los personajes, la novela alcanza una extensión notable sin que por ello la historia parezca avanzar. Centrarse en sus personajes, desarrollarlos, hacerlos crecer más allá de donde ya los había planteado, es un reto para la escritora, pero conlleva un riesgo, que es dejar de lado la acción. También es un reto para el lector, que debe abrir su mente pero corre el riesgo de perder el interés antes del final.
Leyendo Panteón puede parecer que durante setecientas páginas no ocurre nada, y tenerse la sensación de que la historia no avanza, cuando no es así. Con un poco de esfuerzo y llegando al final, la novela se torna apasionante y atrapa a un lector al que le costó leer la primera parte pero que puede devorar la última en cuestión de horas. Y es que todo en Panteón está ahí por una razón, que no es visible hasta el final. Laura Gallego, como una directora de orquesta, coloca los elementos, los dispone y les da cuerda para que todos se encaminen hacia una misma conclusión.
Lo mejor de Panteón es el final. Cuando todo se tambaleaba, de repente se vuelve sólido y se sostiene. Cuando habíamos perdido la fe en los personajes, éstos cambian y dejan de decepcionarnos. Cuando parecía que no había trama, todo se complica y se ve abocado a un final atronador. Y así resulta ser. Kirtash, Jack y Victoria son la creación más memorable de todas las que Laura Gallego ha tenido para esta trilogía. Su conocimiento cada vez más maduro de las psicologías, su capacidad para hacer evolucionar las personalidades, su imaginación desbordante al servicio de una buena historia que innova y no se ciñe a concesiones fáciles; ésa es la sensación que queda después de haber terminado Panteón.
Quizás el mayor mérito de Laura Gallego estribe en haber conseguido un final que cierre con un broche todas las tramas que había abierto, pero dejando algunas puertas lo suficientemente abiertas. Hay quien habla de próximas novelas que continúen donde Panteón termina, y aunque no se puede descartar, el final está muy bien así, con los personajes en una situación no del todo cerrada, con nuestro mundo no del todo a salvo. Con algo muy difícil, que es mantener a Kirtash, Jack, Victoria y todos los demás vivos en nuestras mentes cuando ya ha terminado su vida en las páginas escritas.
Este artículo apareció originalmente en Espada y Brujería.com


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