Corum - La trilogía de las Espadas
De Michael Moorcock (cómo no)
Fue allá por principios de los años 70 cuando Michael Moorcok escribió esta trilogía con una de sus encarnaciones del Campeón Eterno más emblemática: Corum. El Caballero de las Espadas (que no es otro que Arioch), La Reina de las Espadas (Xiombarg) y El Rey de las Espadas (Mabelode) son cada uno de los enemigos a los que Corum deberá hacer frente, los Señores del Caos que han puesto en peligro la vida de los Vadhag y que inician una lucha que cambiará para siempre la faz de ese mundo.
Corum es el Príncipe de la Túnica Escarlata, un noble de la raza de los Vadhag, que vive con su familia en la pacífica tierra del castillo Érorn. Los Vadhag son un raza ancestral (o perteneciente al futuro lejano; estas cosas nunca quedan claras con Moorcock) que, alejada ya de las antiguas luchas contra los Nhadragh –sus eternos enemigos– se dedica a cultivar el arte y la filosofía. Un día, el padre de Corum comenta con su hijo lo extrañamente difíciles que se están volviendo las comunicaciones mágicas entre sus familiares, que viven en otros castillos alejados del suyo. Le encomienda una misión: viajar físicamente –algo que no se ha hecho en siglos, y que para Corum será la primera vez– hasta uno de esos castillos y comprobar qué puede estar ocurriendo.
Corum se prepara y comienza su viaje, que será a la vez su salvación y su maldición. Porque lo que sucede en el pacífico mundo de los Vadhag es que el Caos ha corrompido a los Nhadragh y utiliza a los Mabden (el nombre que reciben los simples humanos) para arrasar las ciudades de los Vadhag y esclavizar a quienes no se someten ante su poder.
Cuando Corum descubre a las tropas Mabden y lo que están haciendo es demasiado tarde; aunque se apresura a volver junto a su familia, llega cuando el castillo Érorn ya ha sido atacado y han asesinado a todos sus habitantes, a sus padres y sus hermanos. Corum decide enfrentarse con Glandyth–a–Krae, el infame líder de los Mabden que ha matado a sus familiares, pero és atrapa a Corum y le somete a un combate humillante, en el que el Príncipe pierde la mano y un ojo. Corum es ahora un hombre mutilado, el último representante de su estirpe, alguien que nunca ha tenido que luchar y que se ve obligado a convertirse en un guerrero, alguien que nunca ha tenido que odiar y que debe aprender lo que es la venganza. El enfrentamiento de Corum con la crudeza de los Mabden hace que el Príncipe pierda algo de su nobleza Vadhag y adquiera características de los propios Mabden.
Sabíamos del gusto de Michael Moorcock por los héroes atormentados y con buenas razones para maldecir al Destino, y Corum no iba a ser menos. Todo lo que leemos en la Trilogía de las Espadas es el camino que Corum, junto a Rhalina, una mujer Mabden que acoge y cuida del Príncipe tras su combate con Glandyth, y que acabará despertando en él la llama de un amor que los Vadhag no estaban acostumbrados a sentir; y junto a Jhary–a–Conel (¿Jerry Cornelius?), compañero de Campeones Eternos que, por una vez, recuerda a todas sus manifestaciones anteriores –tal y como Erekose es un Campeón con conciencia de todos los Campeones anteriores–, debe seguir para completar su venganza. Uno a uno, cual si fueran las cartas de una baraja, los distintos Señores del Caos se interponen entre Corum y Glandyth–a–Krae. La amenaza del Caos es tan grande que Corum debe anteponer su venganza ante la salvación del mundo de los Mabden.
Ayudado por un hechicero ambicioso, Shool, que vive enfrentándose al Caos una y otra vez, Corum recibe dos ominosos regalos: la mano de Kwll y el ojo de Rhynn, para sustituir sus miembros perdidos. Éstos, pertenecientes a dos poderosas entidades, que estaban por encima de los dioses, le otorgan una ayuda sobrenatural que hasta entonces, Corum no tenía. La mano y el ojo, por supuesto, además de ayudarle y sacarle de situaciones desesperadas, le traicionarán y le obligarán a cometer actos que Corum ni sospechaba, aunque sin una conciencia tan malvada como la que destila la espada negra de Elric, Stormbringer.
Con todos estos elementos, Moorcock teje una trama amena y emocionante. Escritas todas entre 1971 y 1972, las novelas están confeccionadas a un ritmo trepidante –no olvidemos que, un par de años antes, Moorcock habrá escrito toda la saga del Bastón Rúnico de Dorian Hawkmoon en cuestión de semanas–. Las novelas no son muy extensas, pero están sintetizadas de la mayor manera posible, por lo que el lector debe permanecer atento pues en cada capítulo hay acontecimientos determinantes, en cada frase se encierra una acción importante. Perderse en un párrafo puede suponer encontrarse de repente en un Plano diferente sin saber muy bien qué ha pasado.
Por supuesto, las novelas acusan también de esta velocidad, y se echan en falta mayores descripciones, mayor detenimiento en algunas situaciones. La primera trilogía de Corum es un bombardeo de imaginación en el que el lector asiste a multitud de sucesos sobrenaturales, uno detrás de otro, sin ningún respiro. Así pues, como es habitual en Moorcock, los alardes imaginativos y de originalidad están por encima de la calidad literaria.
Otro aliciente de la trilogía de Corum es lo enormemente interconectada que está con otras novelas del ciclo del Campeón Eterno. Los sucesos de la novela de Elric La Torre Evanescente, escrita apenas un año antes, aparecen de nuevo en El Rey de las Espadas, aunque ahora desde el punto de vista de Corum. Los comentarios de Jhary–a–Conel son auténticas revelaciones que nos ayudan a situar y recolocar mejor los conceptos del Multiverso que se nos habían apuntado en anteriores novelas. Puede que sea un perogrullada, pero de todas las novelas del Multiverso, las de Corum puede que sean las más representativas de lo que debe ser, en esencia, una novela del Multiverso. Todos los elementos están engarzados a la perfección, con una sencillez asombrosa, pero el propio personaje de Corum pierde algo de carisma ante otras encarnaciones, como Elric. Corum es más un arquetipo que un personaje más desarrollado, más original, más humano, en definitiva, que es lo es el Príncipe de Melniboné.
Las novelas no están exentas de esos elementos que distinguen los escritos de Moorcock de otros autores menos imaginativos: enemigos poderosos, armas originales y con personalidad propia, grandes enfrentamientos cósmicos y la certeza de que el héroe no tendrá ni un respiro y de que los Dioses –aunque creados por él mismo– le pondrán enseguida a trabajar de nuevo.
Este artículo fue publicado originalmente en Espada y Brujería.com





