François Truffaut
21 Mayo 2009
26 Noviembre 2008
Entrevista con el director, análisis de Jake Gyllenhall, guión del rodaje, extractos del story-board... y todavía no tengo claro de qué rayos va la película.
26 Noviembre 2008
Comentarios ácidos, cínicos y por lo tanto, muy acertados, sobre Hollywood, sus películas y sus profesionales. Lecciones de Mamet que sirven tanto para escribir y rodar películas como para entender qué está pasando en la Meca del Cine.

Y de propina, el corto de que inspiró el título:
23 Enero 2008
El lujoso libro de Taschen dedicado a Roman Polanski es una ocasión excelente para repasar la filmografía de uno de los directores más personales y más emocionantes que nos ha dado la historia del cine. Autor de grandes obras, como Chinatown o El Pianista (aunque desgraciadamente autor también de grandes bodrios, como La Novena Puerta), Polanski no ha dejado nunca de trabajar y de luchar contra una vida que se le enfrentaba a cada paso. Superviviente de la persecución nazi en Varsovia, superviviente del totalitarismo soviético de Polonia, superviviente de la masacre de Charles Manson contra su mansión, Polanski puede ser un director irregular, pero con muchas cosas que decir.
El libro repasa toda su trayectoria desde sus cortos de estudiante en Lodz hasta Oliver Twist (¿quién mejor que él para contar la dura infancia de un niño abandonado?), y se detiene a enseñarnos sus aciertos, sus manías (siempre se le acusará de ser demasiado perfeccionista, aunque él no lo vea así).
Pero no cuento más, porque para eso están el libro y sobre todo las películas. Parafraseando al propio Polanski:
"El verdadero talento está en no contestar a todas las preguntas"
25 Julio 2007
Una de las mejores sorpresas que me he llevado esta temporada consiste en la serie de ciencia ficción Battlestar Galactica. A muchos el nombre os sonará por aquella otra serie, también llamada Battlestar Galactica, de 1978. La furia espacial que había desatado Star Wars estaba en marcha y se dejaba notar en la televisión. La propia 20th Century Fox denunció a la Universal (que producía la serie para la ABC) por plagiar hasta 34 ideas de su película -todo el mundo sabe que plagiar una o dos cosillas, vale..., pero ¡plagiar 34 es pasarse!-. Universal respondió demandando a su vez a 20th Century Fox por haber plagiado en Star Wars ideas originales de su película Silent Running y las series de Buck Rogers. Lo cierto es que la serie antigua recordaba y mucho a La Guerra de las Galaxias (algo tendría de culpa John Dykstra, encargado de efectos especiales en la saga de George Lucas, quien participó también en la serie).

En 2003, Sci-Fi Channel decidió hacer un remake de la serie y así nació la Battlestar Galactica que ahora nos ocupa, la nueva, la moderna. El argumento es el mismo, los personajes son casi idénticos y dicen que hay capítulos que son calcados a los de la serie original. Entonces, ¿dónde está el interés? No valdría la pena de no ser por que los guiones de la nueva serie están muy trabajados, la estructura parece haberse planteado a muy largo plazo y hay un puñado de actores soberbios sosteniendo la historia capítulo a capítulo.

La acción transcurre en un mundo lejano, no se sabe si anterior, contemporáneo o futuro respecto del nuestro. Existen unas Doce Colonias, designadas según los signos del Zodiaco (Caprica, Geminon, Aerion, Sagitarian...). La tecnología de esas colonias ha rebasado los límites del espacio, y enormes naves espaciales surcan el universo con la naturalidad de quien coge el metro. Los científicos de esos mundos llegaron a crear una raza de robots superinteligentes, que, como no podía ser de otra forma -¿para qué crearán robots superinteligentes si todos sabemos cómo va a acabar la cosa?-, se rebelaron contra sus creadores. Así comienza la primera Guerra Cylon, porque así es como bautizaron a las tostadoras díscolas. La guerra terminó con un armisticio, separándose la raza humana de la robótica y estableciendo unas fronteras que nadie cruzaría. La serie comienza cuando un representante de los humanos acude, cuarenta años después, a visitar a los Cylon como embajador. Allí descubre que los robots han perdido su aspecto frío y poco atractivo de máquinas metálicas y con un ojo que parece el frontal del Coche Fantástico (¿o será que el Coche Fantástico es un espía de los Cylon en la Tierra?) y ahora son hermosas y voluptuosas jovencitas (ved la foto de la ex modelo de Victoria's Secret Tricia Helfer y juzgad por vosotros mismos). El embajador fracasa en su misión de paz (más que nada, le fríen antes de que pueda tener éxito) y poco después, en un movimiento inesperado, los Cylon atacan a las Doce Colonias, arrasándolas después de una lluvia devastadora de bombas atómicas.

Los únicos supervivientes, que asisten impotentes a este ataque, son los pasajeros que en ese momento tenían la suerte de estar en una nave espacial. Billones mueren, y sólo unos pocos (casi 50000) sobreviven. La flota de naves, un batiburrillo de pasajes de turistas, naves mercantes y hasta una nave prisión, se ponen a cargo de la única nave militar que no ha caído en el ataque, una nave antigua y desfasada que estaba a punto de ser retirada del servicio, la Battlestar Galactica. Huyendo de los Cylon, los humanos se disponen a cumplir sus dos objetivos: salvar el culo, y encontrar un nuevo mundo en el que comenzar de nuevo. Esa tierra prometida no es ni más ni menos que nuestro planeta, la Tierra.
Porque una decimotercera colonia se separó del resto y se instaló en un mundo remoto, en el planeta Tierra. Ahí reside la última esperanza de la raza, protegida incansablemente por los hombres y mujeres de la Nave de Combate Galáctica.
La Presidenta de las Colonias, Laura Roslin -Mary McDonnell- (la subsecretaria de Educación, que consigue un ascenso récord gracias a ser la única miembro del Gobierno que no muere en el ataque Cylon) y el Coronel Adama -Edward James Olmos- son los encargados de dirigir el entramado social y militar de lo que queda de su civilización. Ambos actores veteranos, brindan una actuación soberbia de dos seres humanos puestos en una situación límite pero que nunca se dejan llevar por las emociones ni pierden el autocontrol cuando ejercen el poder. Es la Presidenta que todos querríamos tener, o el Coronel bajo el que todos querríamos servir.
También el resto de personajes rezuman carisma por los cuatro costados, sobre todo el enigmático, ambiguo y a la par amado y odiadio Gaius Baltar -James Callis-. Baltar es un científico presumido, arrogante y petulante que, sin saberlo, les otorga a los Cylon la clave de la victoria, traicionando a su propio pueblo. El hecho de que parezca haber enloquecido de culpa y se le aparezca en sueños la Cylon que amó le hace un personaje todavía más interesante e impredecible. Gaius Baltar es un hombre al que le gusta seducir y que le seduzcan, sobre todo cuando se trata de actuar como un personaje público y poderoso.

En la nave Galáctica hay sitio para todo tipo de personajes: desde los pilotos con talento pero un cero en conducta (Kara Thrace - Katee Sackhoff-), al lugarteniente estricto y severo (Saul Tigh - Michael Hogan-), pasando por el eficaz ingeniero de aeronaves (Galen Tyrol -Aaron Douglas-), el doctor malhablado y fumador (el Doctor Cottel) y el hijo del Comandante y lo más parecido a un héroe que hay en toda la serie, el Capitán Lee "Apollo" Adama (Jamie Bamber) y sus escrúpulos de acero.
Porque si algo abunda en Galáctica es una ambigüedad moral que se agradece. Un poco de inteligencia en las series de hoy en día nunca viene mal. Battlestar Galactica tiene unos personajes que no son ni blancos ni negros, ni buenos ni malos, y los pone en situaciones en las que las soluciones por las que optan no suelen ser las correctas. Las historias son el resultado de los conflictos que surgen entre unos personajes un poco más elaborados de lo normal.
La propia serie está narrada de una forma inteligente y efectiva, haciendo cosas que a otras ni se les pasaría por la cabeza. Algunos capítulos transcurren solo en un escenario (la propia nave) sin que ocurra absolutamente nada, dejando que las mentalidades de los personajes evolucionen. Y esto, que podría ser un aburrimiento mortal en manos de otros guionistas, se sostiene gracias al buen hacer de los artesanos de Sci-Fi Channel. Muchas batallas se eliden y se ven desde un punto de vista insólito, sin que por ello decaiga la tensión. Y la serie plantea decenas de interrogantes que, sin caer en trucos fáciles de suspense, mantienen enganchados a los espectadores sin que muchos de ellos se hayan resuelto todavía.
Sin embargo, la serie tiene algunos defectos. Toda ella rezuma un aroma conservador y tradicionalista que, por mucho decorado de ciencia ficción, no puede dejar de percibirse. No hace falta resaltar la importancia que tiene la clase militar en el mundo de Galáctica. Ni el sorprendente uso de la religión como un motor importante de las acciones de los personajes y de su cultura (un uso que muchos han querido relacionar con algunas creencias de los mormones). La serie retrata una sociedad que, aunque tecnológicamente más avanzada, se ha quedado socialmente atrás respecto a las nuestras. ¿Por qué no hay en la serie ningún personaje homosexual? Bueno, eso si no nos fijamos en la relación amorosa entre Starbuck y Apollo, los dos mejores pilotos de la nave, que en la versión original eran dos hombres.
A la serie le sobra coraje en muchos momentos, y plantea conflictos muy duros, pero a la hora de la verdad siempre se echa para atrás y "salva" a sus personajes de quedar mal. Son momentos como en el que la presidenta Roslin anima a Adama a acabar con la vida de la Almirante del Pegasus, y éste está a punto de tomar el camino incorrecto, pero casualidades del destino le libran de tener que recurrir a medidas tan drásticas. Y así pasa un par de veces. El suspense no está entonces en ver si el personaje de turno se atreverá a hacer algo tan malo, sino en cómo le salvarán los guionistas en el último momento para que nunca llegue a hacerlo.

Las series no son perfectas, pero Galáctica se ha quedado cerca.
(Atentos a la cuarta y última temporada, prevista para el 2008)
3 Octubre 2006
o The Wind that Shakes the Barley, título original que se deriva de la canción popular irlandesa, es la última película del siempre comprometido Ken Loach. El filme se hizo con la Palma de Oro en Cannes, lo que le dio una repercusión inesperada que ha avivado aún más la polémica.
El protagonista, Damien O'Donovan (Cillian Murphy) ve truncada su carrera como médico cuando la represión de los militares ingleses presentes en una Irlanda ocupada se hace cada vez más fuerte. Ve cómo asesinan a su amigo Micheail por negarse a decir su nombre en inglés, y cómo los ingleses cortan cualquier conato de la libertad que los irlandeses intentan conseguir. Damien se une entonces al IRA, bajo las órdenes de su hermano Terry, en una patrulla que se encarga de llevar la guerra de guerrillas a los cuarteles y las barracas de los ingleses.
Cuando Irlanda y Reino Unido firman una tregua, en la que el IRA ha tenido que sacrificar muchos de sus objetivos para conseguir una paz inestable, Damien y muchos más deciden continuar la lucha por sus ideales, en este caso en contra de los propios irlandeses.
Ken Loach no se sitúa en ningún momento a favor o en contra de la lucha armada del IRA (aunque en declaraciones posteriores sí se haya mostrado contrario al terrorismo), pero sí nos brinda una película emotiva, donde los ideales son más grandes que uno mismo y le dan significado a las vidas de los que viven oprimidos por Inglaterra. La película avanza con una estructura firme y un ritmo bien llevado, gracias sobre todo a las grandes interpretaciones de Padraic Delaney, Liam Cunnigham y un sorprendente Cillian Muprhy. El mensaje político está presente en todas y cada una de las escenas, pero sin llegar a agobiar ni a abrumar como en otras obras de Loach. En definitiva, dos horas de pasiones y lucha por unos ideales que no sólo emocionan, sino que te empujan a reflexionar.
3 Septiembre 2006
Anoche estuvimos en los céntricos y masivos cines Capitol para ver la película-acontecimiento del año: Alatriste. Las opiniones, aunque variopintas y diversas (la indignación airada de Juanito, la decepción silenciosa de Fernández-Peinado, las ironías habituales de Virgilio...), coincidían en bastantes puntos que son los que creo que definirán la visión que tendremos en el futuro de la adaptación que Díaz Yanes ha intentado llevar a la pantalla.
Hasta ahora, ningún proyecto cinematográfico que se dignara a considerarse de "grandes dimensiones" en este país había llegado tan lejos como Alatriste. Todos los elementos de la película baten récords: de presupuesto, de extras, de localizaciones, de gastos en viajes, en atrezo, en vestuario, en decorados, -¿de taquilla?-. Los ingredientes eran los mejores en todos los sentidos, se contaba con un elenco de actores españoles inmejorable, con un equipo técnico eficaz y volcado en el proyecto y con unas grandes dosis de ilusión (por parte de los autores y por supuesto de los miles de fans que en España no dormían sabiendo que pronto se estrenaría la adaptación de una de sus obras favoritas). Y, por supuesto, está Viggo Mortensen. Viggo, una estrella de renombre internacional desde que encarnó al Aragorn de Peter Jackson (no al de Tolkien, pero ésa es otra historia...) y que, tras trabajar con directores como David Cronenberg, Ridley Scott, Gus Van Sant, De Palma o Woody Allen (aunque sus escenas en La Rosa Púrpura del Cairo se eliminaran del montaje final), desembarcó por segunda vez en un proyecto español (la primera fue junto a Ray Loriga en La Pistola de mi hermano, aunque por aquel entonces no se le conocía ni de lejos lo que se le conoce ahora). La presencia de Mortensen le daba un lustre y una categoría a la temprana producción de Alatriste que podría incluso aspirarse a un gran éxito internacional tan sólo gracias a ella. Pensad en Bruce Willis trabajando en una película francesa (El Quinto Elemento), pero, por favor, no penséis en Harvey Keitel en otra olvidable película española (El Caballero del Dragón)...

Todo, todo apuntaba hacia un triunfo inmejorable. La película Alatriste iba a contar con los mejores elementos que se podrían desear, tan sólo faltaba esperar a que la taquilla respondiera y la mejor película del cine español habría llegado.
¿O quizás no?
Alatriste sólo podía ser una película ambiciosa. Y ahí radica el gran fallo, el talón de Aquiles, de esta megaproducción a la española. Porque, queriendo abarcar los cinco libros publicados por Arturo Pérez-Reverte e incluso adelantar al novelista y llegar más allá, no se puede hacer una película de algo más de dos horas. No hay tiempo material, ni estructura mínimamente coherente que pueda contener todas las escenas que han querido meter en Alatriste. En un videojuego, vale. En una colección de cromos, vale. En una trilogía, tetralogía, heptalogía de películas, vale. Pero, ¡¿en una sola?! La película no para de hacer aguas desde que, tras asistir a las batallas en Flandes pasamos a la Villa y Corte de Madrid, para volver a Flandes, para bajar hasta la costa y el galeón del Oro del Rey, subir otra vez al Escorial y tomarnos unos vinos en la Taberna del Turco. Cada estampa de por sí está muy bien narrada y estructurada, pero no hay un hilo conductor que las una entre sí. ¿Por qué se habrá prescindido de la narración de Quevedo después de la magnífica introducción que oímos con su voz? ¿O la de Íñigo Balboa? ¿O la de Pérez-Reverte maldiciendo y blasfemando en castellano del XVII?
Ése es el gran fallo que conseguirá que los fans se sientan decepcionados y los iniciados, como poco, desorientados. Pero es que además hay algunos detalles capaces de enervar al espectador menos paciente y tolerante, como el acento apátrida y susurrante de Viggo Mortensen (lo siento, Juanito, sigo sin opinar que eso sea el acento de León) o el travestismo innecesario de Blanca Portillo.
Me sorprende la tolerancia con la que los fans aceptan el hecho de que algunos personajes hayan variado su importancia al pasar del papel al celuloide analógico-digital en que esté rodada la película (¿por qué hay protestas multitudinarias por la ausencia de Tom Bombadil y no por la de La Lebrijana, eh?). La verdad es que eso ni molesta ni hace que la calidad disminuya. El error, que está presente desde el guión inicial, estriba en condensar al máximo las acciones para contar cuanto más, mejor. Pero cantidad no es sinónimo de calidad.
Sí, sí, Alatriste está llena de grandes momentos actorales, de un puñado de frases memorables y de tres o cuatro escenas inolvidables. Pero éso es sólo la punta del iceberg, y, debajo, no hay nada.
La recreación histórica es inigualable, el ambiente de la época está captado a la perfección (ya lo estaba en las novelas revertianas) pero ¿por qué tanto quejarse de lo mal que trataba la nobleza española a sus humildes y honrados súbditos, y nadie dice nada acerca de lo mal que trata el cine español a las buenas historias?
1 Julio 2006
The Big Shave, corto primerizo del Martin Scorsese de 1967, es una experiencia dura, angustiosa y poco agradable, tanto como la Guerra de Vietnam, de la que se supone que es metáfora (o eso dicen por ahí, que yo no lo habría pillado así a la primera).
Y como Serrano os quiere mucho y le apetece que os dé un chungo como a él esta mañana en el curro mientras lo veía (y es que soy muy sensible a la sangre y además mañana me toca afeitarme), aquí tenéis el susodicho corto:

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